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El cazador quiere vivir tranquilamente Novela Capítulo 135

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(Capítulo 135)

 

Ellos habían estado acostados sobre aquella cama. Después desaparecieron la estructura y las paredes que formaban la casa, y un vacío completamente blanco ocupó su lugar. Entre las cenizas blancas que revoloteaban como una pequeña tormenta, Eui-jae tiró de la mano que sujetaba y atrajo aquel cuerpo firme contra su pecho, como si quisiera protegerlo. El cuerpo se dejó llevar sin oponer resistencia. Pero solo por un instante. El cálido calor que abrazaba comenzó a desvanecerse lentamente.

Cha Eui-jae abrió mucho los ojos. Soltó los brazos que rodeaban aquella espalda y extendió ambas manos para comprobarlo.

Estaban vacías. Su pecho también. Sus manos también. Apretando los dientes, gritó:

—¡Lee Sa-young!

En ese instante, Eui-jae abrió aún más los ojos. En medio del vacío, donde no había absolutamente nada, alguien vestido de negro permanecía arrodillado, apoyando la parte superior del cuerpo sobre un objeto oscuro. Era una silueta tan familiar como extraña. Era lógico. Muy pocas veces uno podía verse de espaldas. Aun así, lo supo de inmediato.

Aquel soy yo.

Eui-jae contempló aquella espalda en silencio. Al poco tiempo, «él» levantó la cabeza. Incorporándose lentamente, miró hacia abajo aquello sobre lo que había estado apoyado.

Era un ataúd negro.

Con voz amable, susurró:

«Está bien.»

«Duerme un poco más.»

Al momento siguiente, Cha Eui-jae estaba caminando. Cruzó un patio cubierto de hierba seca y marchita. En un horno situado a un lado del patio ardía un fuego feroz, mientras un olor acre le irritaba la nariz. Empujó bruscamente la puerta corrediza, que permanecía firmemente cerrada.

En medio de un taller lleno de herramientas y materiales desperdigados sin ningún orden, Hong Ye-seong, que llevaba unas enormes gafas de aumento sobresaliendo hacia delante como una lupa, enderezó su espalda encorvada. Sus sandalias de tres rayas, cubiertas de tierra, golpearon el suelo.

—Oye. Límpiate esa sangre antes de entrar.

Cha Eui-jae se frotó con brusquedad la sangre del rostro usando el dorso de la mano. Sus labios apenas se movieron.

—No es mi sangre.

—Ya me lo imaginaba. ¿Afuera sigue igual?

—Sí.

—…

—Llegamos demasiado tarde.

—…

—No vine para hablar de eso… Hong Ye-seong, dijiste que podías manipular el espacio, ¿verdad?

Hong Ye-seong parpadeó antes de encogerse de hombros.

—¿Eh? Bueno… como ves, tampoco es nada impresionante. Apenas lo suficiente para construirme un pequeño refugio.

—Quiero pedirte un favor.

—¿Cuál?

—Crea un espacio usando mis recuerdos. No hace falta que sea grande.

—¡¿Qué?! ¿Así de repente?

—¿No puedes?

—Joder, ¿qué te crees que soy…? Bueno… la verdad es que quizá no pueda. Tendría que intentarlo para saberlo.

—…

—Pero ¿por qué de repente?

La inquietud apareció en el rostro de Hong Ye-seong.

—No me digas que Lee Sa-young… Ejem… Oye, tú no estarás pensando en seguirlo, ¿verdad?

—…Como tú también habrás notado, este mundo está a punto de desaparecer. Ya ha sobrepasado su límite.

—…

—Yo solo no puedo detenerlo. Ni siquiera contigo.

Con expresión sombría, Hong Ye-seong se frotó la mejilla.

—…Por suerte todavía queda un último recurso.

Cha Eui-jae se remangó bruscamente la manga del uniforme de combate y extendió deliberadamente la muñeca izquierda. Sobre ella brillaba un reloj plateado completamente intacto. Un resplandor dorado surgía del cristal como si fuera humo.

Después se quitó la máscara. Su rostro mostraba un cansancio evidente, con los ojos enrojecidos e hinchados. Pero sus pupilas seguían brillando con un intenso color azul.

—Voy a hacer retroceder el tiempo. Hasta antes de que comenzara el fin del mundo.

—Pero para usar eso… necesitas un eje.

—Yo seré ese eje. Ya lo viví una vez. La próxima no fracasaré. Además, esta vez tendré tiempo para prepararme.

Hong Ye-seong tragó saliva. Con voz grave, preguntó:

—¿De verdad esa es la única razón?

—…

—¿No hay… otra?

«Cha Eui-jae» permaneció en silencio, con los labios firmemente cerrados. Sin darse cuenta, Eui-jae ya se había separado de él y observaba la escena desde cierta distancia.

Cha Eui-jae nunca se rendía. Mientras hubiera algo que proteger. Y, aun así…

Esta vez se rindió. Eui-jae recordó el ataúd negro. Sentía que sabía perfectamente quién descansaba dentro. 

No…

Quizá lo había sabido desde el mismo instante en que lo vio. El dueño del ataúd era… El rostro de alguien sonriendo con los ojos curvados apareció en su mente. Y también aquella voz suave que siempre lo llamaba.

«Hyung.»

Lee Sa-young.

Sintió la boca completamente seca. Apretando las palabras entre los dientes, murmuró:

—No volveré a perderte.

—…

—Jamás.

Hong Ye-seong observó a Cha Eui-jae con expresión de tristeza, pero no dijo nada más. En cambio, llevó una caja desde un rincón, la abrió y comenzó a rebuscar en su interior. Estaba llena de piedras mágicas de distintos tamaños y colores. Sosteniendo una piedra mágica de color violeta bajo la luz del techo, preguntó:

—Entendido. Pero entonces, ¿por qué quieres dejar atrás tus recuerdos? ¿De qué servirán?

—…

Booom…

La tierra tembló violentamente. Los materiales apilados sobre los estantes cayeron al suelo con estrépito.

—¡Aaah!

Hong Ye-seong soltó un grito y empezó a recogerlos apresuradamente.

«Cha Eui-jae», en cambio, dirigía la mirada hacia el exterior. El cielo estaba cubierto por un inmenso remolino blanco. Ya ni siquiera podía llamarse cielo. Cenizas blancas caían como si fueran nieve. Los labios de Eui-jae se movieron. Su voz y la de «Cha Eui-jae» resonaron al mismo tiempo.

—Porque solo así podré resistir.

Si reunía todos los recuerdos más cálidos y preciados… Aunque algún día llegara el momento en que la vida se volviera insoportable… Aun así podría refugiarse allí. Y respirar. Aunque solo fuera por un instante.

En ese momento, todo el entorno perdió el color. Como una fotografía en blanco y negro, hasta el aire dejó de moverse. Los materiales suspendidos en el aire, «Cha Eui-jae» e incluso Hong Ye-seong quedaron completamente inmóviles. Nadie respiraba. Nadie vivía. Poco después, todo comenzó a desmoronarse lentamente, como si estuviera hecho de polvo.

Entonces sintió que algo lo observaba. En medio de aquella fotografía en blanco y negro que se deshacía, había una única cosa que seguía moviéndose. El Ojo de la Emoción, resplandeciendo con un intenso color dorado. Los innumerables patrones entrelazados que lo recorrían parecían estar vivos. El Ojo de la Emoción lo observó fijamente.

¿Había sido aquella la señal?

El inmóvil Hong Ye-seong empezó a moverse con rigidez. Levantó lentamente un brazo. Y señaló directamente a Cha Eui-jae con el dedo índice. Sus movimientos eran torpes y mecánicos, como los de un muñeco. Un escalofrío recorrió todo el cuerpo de Eui-jae. La niebla que enturbiaba su mente desapareció de golpe. Los labios de Hong Ye-seong se movieron.

«Es tu tercera… y última oportunidad.»

«Ya no podemos resistir más. Ni él… ni tú.»

«Esta vez no fracases.»

¿Qué significaba eso? Quiso preguntarlo, pero su cuerpo no respondía. Un vendaval lo golpeó con violencia y lo empujó hacia atrás. Los labios bajo el Ojo de la Emoción dibujaron una larga sonrisa.

«Te estaré observando.»

¡Explícamelo ahora mismo!

Con un esfuerzo sobrehumano, Eui-jae consiguió levantar un brazo. Lo extendió hacia Hong Ye-seong. Pero ya estaba demasiado lejos para alcanzarlo. Dentro de aquella fotografía inmóvil, Hong Ye-seong levantó la mano con rigidez y la agitó a modo de despedida.

«Hasta luego, amigo.»

—¡Maldito cabrón!

Sin poder contener la frustración, Eui-jae levantó el dedo medio con toda la rigidez que aún conservaba el brazo. Una sonora carcajada fue alejándose poco a poco.

¡Flash!

Un destello cegador, como el de una cámara fotográfica, iluminó todo. Eui-jae cerró los ojos con fuerza.

***

Cuando volvió a abrirlos, flotaba lentamente en un vacío completamente blanco. Era como una botella de cristal perdida en medio del mar. Sin embargo, mientras su cuerpo permanecía extrañamente tranquilo, su mente era un caos absoluto. Tercera oportunidad. Fracaso. Lee Sa-young… Demasiada información había irrumpido de golpe en su cabeza, haciéndole sentir que iba a estallar.

En el fragmento que Yoon Ga-eul le había mostrado… ¿no había sido Cha Eui-jae quien había muerto primero?

Entonces ¿por qué en la escena que acababa de ver seguía con vida? ¿Ga-eul estaba a salvo? ¿Este era realmente el mundo al que ella había sido arrastrada? ¿Por qué Hong Ye-seong y yo somos amigos?

Y dejando eso de lado… aunque fui yo quien hizo retroceder el tiempo… ¿por qué no conservo ningún recuerdo? ¿Quién era el Lee Sa-young que permanecía sentado solo en aquella oscuridad? No… ¡¿Dónde demonios está Lee Sa-young ahora?!

Mientras todas aquellas preguntas giraban sin parar dentro de su cabeza, el último pensamiento que quedó fue la imagen de Lee Sa-young desapareciendo de entre sus brazos. Eui-jae frunció el ceño. ¿Habría regresado al mundo original? Después de todo, había llegado allí por culpa de la recompensa del Sistema. Ojalá hubiera sido así…

En ese instante, el vacío comenzó a vibrar.

—…

—¿Eh?

Eui-jae levantó la cabeza. El zumbido se hacía cada vez más claro. Por fin consiguió distinguir una voz. Era la de Lee Sa-young.

¿Qué…? ¿Dónde estás?

Como una tortuga estirando el cuello, Eui-jae miró a su alrededor. Y entonces…

—¡Cha Eui-jae!

La voz de Lee Sa-young resonó con fuerza. Conmovido, Eui-jae se incorporó de golpe.

—¡Oye, no me llames…!

Cha Eui-jae abrió los ojos. El vacío blanco había desaparecido. En su lugar, unas ruinas familiares cubiertas por cenizas blancas se extendían ante él. Parpadeó lentamente. Su corazón comenzó a latir con fuerza. Aquel lugar se parecía demasiado al interior de la Grieta del Mar del Oeste.

No… Quizá realmente estuviera allí. Tal vez por fin había sido arrastrado hasta ese lugar. Entonces sintió un fuerte peso sobre la parte superior del cuerpo.

—Joder…

Unas suaves hebras de cabello rozaban su piel. Eui-jae inhaló profundamente. Lee Sa-young lo estaba abrazando. Podía sentir el tibio calor de su cuerpo y el acelerado latido de ambos corazones. Aferrando con fuerza la ropa de su espalda, como si fuera a romperla, Lee Sa-young murmuró:

—¿Por qué no despertabas…?

Con cuidado, Eui-jae comenzó a darle suaves palmadas en la espalda.

Bwooo…

El rugido de una criatura gigantesca resonó en la distancia. Todavía abrazado por Lee Sa-young, Eui-jae levantó la cabeza.

<¡Ojos del Rastreador!>

Sus ojos azules recorrieron rápidamente los alrededores. Muy cerca distinguió unas llamas familiares. Era Yoon Ga-eul. Pero un instante después, una sombra gigantesca cubrió por completo aquellas llamas. Eui-jae levantó la vista hacia el origen del rugido. Más allá del horizonte blanco, emergiendo del mar de cenizas, un gigantesco cetáceo alzó su inmenso cuerpo hacia el cielo.

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Chapter 135