Switch Mode

El cazador quiere vivir tranquilamente Novela Capítulo 116

Read the latest manga {{chapter_title}} at Asian Lotus . Manga {{manga_title}} is always updated at Asian Lotus . Dont forget to read the other manga updates. A list of manga collections Asian Lotus is in the Manga List menu.

(Capítulo 116)

 

J.

Jungbin sujetó mejor el teléfono y echó un vistazo a su alrededor. Aún ningún miembro del equipo estaba pendiente de él, pero si hacía algún movimiento extraño era evidente que enseguida levantaría sospechas. Debía actuar con la mayor naturalidad posible.

—…Entiendo. Espere un momento, por favor.

Se pasó una mano por el rostro y se levantó de su asiento, recogiendo la chaqueta del traje que había dejado colgada en la silla. El crujido de la tela resonó con fuerza.

Varios miembros del equipo levantaron la vista con expresión extrañada. En lugar de responder, Jungbin alzó el índice y señaló el techo. En sus rostros apareció un cansancio resignado; incluso a alguno pareció escapársele un suspiro.

Con el teléfono sujeto entre el hombro y la oreja, tomó un bolígrafo, escribió unas palabras en una hoja de borrador y la levantó para que todos la vieran.

«Saldré un momento. Descansen.»

Los demás asintieron. Su paso, que hasta entonces había sido tranquilo y regular, se aceleró en cuanto salió de la oficina y empujó la puerta de las escaleras de emergencia.

Tac, tac, tac.

Sus zapatos resonaron mientras descendía a toda prisa. Solo cuando llegó a las escaleras que conducían al sótano, un lugar sin cámaras y donde nadie pudiera escuchar la conversación, se detuvo para recuperar el aliento. En circunstancias normales habría colgado sin más. Habría pensado que era otro impostor. Pero…

J había regresado.

¿Era consciente esa persona del peso que tenían esas palabras?

Jungbin acarició el reverso del teléfono con el pulgar, inhaló profundamente y habló.

—Perdón por la espera. Ahora sí, dígame.

—Parece que estabas con más gente. ¿Todavía no sales del trabajo?

—…

—Ya casi son las doce.

Cada vez que oía aquella voz distorsionada, sentía que algo se retorcía en su pecho. ¿Era tensión? ¿Expectación? No… ¿De verdad podía llamarlo expectativa? Se parecía mucho más a la ansiedad.

Ajeno a lo que pasaba por su cabeza, el otro continuó hablando con total tranquilidad.

—No me convence hablar por teléfono. Preferiría que nos viéramos en persona. ¿Tienes tiempo ahora?

Habían organizado incluso un equipo de rastreo para encontrar a J, sin éxito. Que fuera él quien llamara primero para proponer una reunión era una posibilidad que Jungbin jamás había contemplado. Y además…

Recordó las palabras de Hong Ye-seong.

«J dijo que la reconstrucción de las mazmorras probablemente ocurrió por su culpa, aunque todavía no sabe por qué. Hasta descubrir la razón, no piensa aparecer salvo cuando sea absolutamente necesario. Igual que esta vez.»

Cuando fuera absolutamente necesario.

Era una respuesta demasiado ambigua.

Repasó a toda velocidad los acontecimientos recientes. ¿Había surgido alguna crisis comparable a una mazmorra de rango S+? Era cierto que Prometheus había infiltrado a uno de los suyos dentro de la Administración de Despertados, pero no parecía un asunto en el que J tuviera que intervenir.

Entonces… ¿por qué?

Jungbin tardó unos segundos en responder.

—Si estás muy ocupado, lo dejamos para otro momento.

En la voz distorsionada se coló un leve matiz de decepción. Jungbin respondió de inmediato.

—No, puedo ir. ¿Dónde nos vemos?

—Ah. Te dicto la dirección. Pero ven solo. Y no le digas nada al director.

La voz comenzó a recitar una dirección. Mientras la anotaba casi de forma mecánica, Jungbin no dejaba de darle vueltas a la situación. Con un doble de Prometheus infiltrado en el corazón mismo de la Administración, no podía descartar por completo que aquella llamada fuera una trampa.

Después de la desaparición de J en la Grieta del Mar del Oeste, habían aparecido incontables impostores haciéndose pasar por él. La mayoría eran simples oportunistas sin valor alguno, que desaparecían antes incluso de que alguien se molestara en actuar contra ellos. Pero…

Aunque la posibilidad fuera mínima, tenía que ir. Era el deber de quienes habían sobrevivido. 

La dirección correspondía a un parque infantil. Mientras caminaba hacia allí, Jungbin intentó devolver la llamada al mismo número. Nadie contestó. Probó a buscar el número y descubrió que pertenecía a un teléfono público. Detuvo el coche en un callejón cercano y continuó a pie. La noche era tan silenciosa que ni los insectos cantaban. Sentía los labios cada vez más secos.

Al fin llegó al parque. Un joven con gorra y una máscara negra completamente lisa estaba sentado a la salida de un tobogán rojo, apoyando los brazos sobre las rodillas con una postura relajada. Llevaba una gruesa chaqueta con la cremallera subida hasta el cuello y un pantalón deportivo negro. Bajo el bajo del pantalón asomaban los tobillos desnudos y unas simples sandalias de tres franjas.

De no ser por la máscara, cualquiera lo habría confundido con un ciudadano cualquiera. Bajo la luz parpadeante de la farola revoloteaban pequeños insectos. Solo alrededor de él parecía reinar una quietud extraña.

Al percibir la presencia de Jungbin, levantó la cabeza.

—Ah.

La voz distorsionada dejó escapar una breve exclamación. Luego inclinó ligeramente la cabeza a modo de saludo.

—Cuánto tiempo. Espero que hayas estado bien.

Jungbin no respondió. La forma de hablar le resultaba inconfundiblemente familiar, pero eso no bastaba para creerle.

¿Era realmente él? ¿Cómo había conseguido su número? Y si de verdad era J… ¿por qué había decidido aparecer ahora? ¿No se suponía que permanecía oculto? ¿Por qué no había contactado antes?

Las preguntas se acumulaban una tras otra, sin respuesta. Por suerte, Jungbin era experto ocultando sus emociones. Y todavía mejor obteniendo información.

Con las manos a la espalda, sonrió con calma.

—Sí. Ha pasado mucho tiempo.

—…

Esta vez fue el joven quien guardó silencio.

Jungbin trató de recordar la complexión de J. Aquel muchacho era quizá un poco más pequeño, aunque en conjunto tenían una constitución parecida. Sentado sobre el tobogán de plástico resultaba difícil calcularlo.

El joven apoyó el mentón en una mano y murmuró:

—¿Qué tal está el brazo?

—¿Perdón?

—Te lo lesionaste aquella vez. Cuando protegiste a los chicos del gólem.

Los ojos de Jungbin se abrieron por un instante, aunque enseguida recuperó la compostura. Que se había lesionado el brazo era información pública; el Canal 1 y muchos otros medios habían hablado de ello. Pero aquel detalle… Solo quienes estuvieron presentes podían conocerlo.

No. Aun así no era una prueba definitiva. Tal vez había oído el informe de Hong Ye-seong…

En ese momento el joven soltó un largo suspiro.

—Uf… ¿Cómo ese tipo puede hablar siempre dando tantas vueltas? Qué difícil es esto.

Se estiró con un leve gemido, se puso de pie y metió las manos en los bolsillos. Su mirada negra recorrió lentamente a Jungbin de la cabeza a los pies, deteniéndose incluso en la cicatriz que sobresalía bajo la manga remangada. Luego se encogió de hombros.

—Te has vuelto mucho más desconfiado.

—Lo siento. Las circunstancias no dejan otra opción.

Jungbin inclinó ligeramente la cabeza. El joven permaneció un rato caminando delante del tobogán, como si estuviera pensando qué hacer. Finalmente cruzó los brazos.

—¿Quieres que recordemos alguna de las charlas que teníamos en las escaleras exteriores del cuartel?

Las escaleras exteriores. Al oír aquellas palabras, Jungbin soltó de golpe el aire que había contenido.

—Ah…

Toda la tensión acumulada desapareció de sus hombros. Se pasó ambas manos por el rostro y murmuró:

—Entonces… de verdad es usted.

—¿Quién más iba a ser?

—…

Jungbin permaneció unos segundos más recomponiendo sus emociones antes de levantar bruscamente la cabeza.

J había dicho que solo aparecería cuando fuera absolutamente necesario.

Y ahora estaba allí.

¿Había ocurrido algo grave?

No podía haberlo llamado simplemente para intercambiar saludos.

Con urgencia en la voz, preguntó:

—¿Ha sucedido algo?

—Ah… Bueno. No es para tanto.

El joven se rascó la nuca.

***

El muchacho que todos creían muerto seguía vivo. Milagrosamente.

Incluso Cha Eui-jae, que nunca creyó en los milagros, creyó en ellos por un instante cuando volvió a abrazar a Lee Sa-young. En aquel lugar oscuro impregnado del olor metálico de la sangre, solo dos personas seguían respirando. Sintió el calor de Sa-young mientras este, de una forma impropia de él, frotaba la cabeza contra su pecho. Si hubiera podido, se habría quedado abrazándolo todo el día.

Lee Sa-young era la única prueba de que la vida de Cha Eui-jae no había sido un fracaso. Y era alguien tan valioso que ni todas las palabras hermosas del mundo bastarían para describirlo.

Pero…

—Estoy cansado.

—Vale.

Una cosa era lo importante que fuera. Y otra muy distinta…

¡Que fuera imposible hablar con él! 

Habían pasado ocho años. Si incluso dos amigos o dos familiares tendrían una montaña de cosas que contarse tras ocho años separados, ¿qué decir de ellos dos?

Eui-jae tenía todo el derecho a saber qué había ocurrido durante ese tiempo. Cómo había acabado Sa-young en manos de Prometheus. Qué experimentos le habían hecho. Necesitaba conocerlo todo. ¡Porque era su protector!

Pero Lee Sa-young, aunque acudía todos los días al restaurante de sopa para la resaca, en cuanto intentaban hablar se escabullía como una anguila. Siempre tenía una excusa distinta.

Reunión del gremio.

Mazmorra.

Grieta.

Problemas de los miembros del gremio.

Citación de la Administración de Despertados…

Un día incluso consiguió retenerlo un rato fingiendo estar agotado y apoyándose encima de él. Eui-jae llegó a sospechar que Jungbin le había vuelto a dar una paliza con aquellas cadenas, pero aun así lo dejó hacer. Aunque todo tiene un límite.

Cuando se cumplió una semana entera de evasivas, Eui-jae estaba agachado frente al punto de reciclaje arrancando las etiquetas de unas botellas de plástico mientras llegaba a una conclusión.

Si después de siete días seguían igual, Lee Sa-young jamás abriría la boca. Había heredado de alguien aquella terquedad insoportable. Y una sensibilidad igual de desesperante.

Solo le quedaba una carta por jugar.

Seo Min-gi (El pequeño milagro).

Sin embargo, si le pedía información sobre Prometheus, lo más probable era que Lee Sa-young interceptara la petición antes de que llegara a él. Después de tantos años actuando como J, sabía mejor que nadie lo que era recibir únicamente la información que otros querían darle. Y también sabía perfectamente cómo evitarlo.

¿Resignarse a vivir con información a medias?

Ni hablar.

Había que buscar otro informante.

Arrojó la bolsa del reciclaje, regresó al restaurante y abrió un libro que apenas había hojeado tres o cuatro veces desde que se lo regalaron:

Guía básica para nuevos cazadores.

Entre sus páginas, como si fuera un marcapáginas, seguía guardada una tarjeta de presentación.

Administración de Despertados
Equipo de Respuesta de Campo 1
Jefe de equipo: Jungbin.

***

La luz de la farola parpadeaba de forma inquietante. En medio del parque, aquellos dos jóvenes permanecían frente a frente bajo una tensión palpable. Cha Eui-jae observó el rostro de Jungbin, donde se mezclaban el desconcierto y la cautela. Y entonces dijo, sin el menor rodeo:

—Dame toda la información que tengan sobre Prometheus y sobre Lee Sa-young.

Acababa de pedir acceso directo a información confidencial.

 

tags: read manga {{chapter_title}}, comic {{chapter_title}}, read {{chapter_title}} online, {{chapter_title}} chapter, {{chapter_title}} chapter, {{chapter_title}} high quality, {{chapter_title}} manga scan, ,

Comment

Chapter 116