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El cazador quiere vivir tranquilamente Novela Capítulo 125

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(Capítulo 125)

—Oye, pero ¿qué tiene que ver eso con que yo… No.

Eui-jae se tragó el insulto que estaba a punto de escapársele. Quería tratarlo lo mejor posible, pero le resultaba sorprendentemente difícil. Sa-young dio un paso hasta quedar frente a él. Parpadeó y ladeó ligeramente la cabeza.

—¿Qué?

—Quita esa cara… Apártate.

—¿No le gusto?

Sus largas pestañas revolotearon. Eui-jae apretó los dientes. En su cabeza seguían chocando sin piedad las dos imágenes de Lee Sa-young: el insolente de ahora y el muchacho amable de entonces. Sabía que eran la misma persona.

Sabía todo lo que Sa-young había vivido, que lo había esperado durante tantos años, que había mantenido aquella promesa sin saber si algún día se cumpliría.

Se lo agradecía. Y le dolía. Pero…

‘La primera impresión que tuve de Lee Sa-young fue… terrible.’

Lo primero que le vino a la mente fue aquella máscara antigás golpeando gente en un callejón. Y no solo eso. También el descarado dedo medio que le había mostrado. Y lo insistente que había sido siguiéndolo.

‘Con razón dicen que la primera impresión es importante…’

Eui-jae lo observó con expresión complicada. Aunque, pensándolo bien, él tampoco había dado precisamente una buena impresión en aquel momento. Para ambos, el primer encuentro debió de haber sido un desastre.

Un loco encontrándose con otro loco. Sin darse cuenta, Eui-jae empezó a reflexionar sobre sí mismo. Como no obtenía respuesta, la comisura de los labios de Sa-young se torció.

Murmuró con una voz inquietantemente baja:

—No respondes…

—No, sí me gustas. Claro que me gustas.

La respuesta salió de forma automática, tan mecánica como un «gracias por preferirnos».

Por supuesto, Lee Sa-young no iba a conformarse con una contestación así. Lo miró de lado, con evidente descontento. Pero la lógica de Lee Sa-young era imposible de seguir para Cha Eui-jae, un simple y honrado empleado de medio tiempo. Sa-young tenía el talento de desbaratar por completo cualquier conversación con una sola frase.

‘Joder… En serio eres bueno para todo.’

Respira. Eui-jae inhaló hondo.

Era el muchacho al que había estado buscando todo ese tiempo. Seguro había pasado por un sinfín de cosas. Podía ser un poco más considerado. Sujetó la mano enguantada que jugueteaba con su máscara y formuló la pregunta con todo el tacto del que fue capaz.

—¿Cómo demonios funciona tu cabeza para llegar a esa conclusión?

Aunque, para todo el esfuerzo que hizo… No sonó especialmente amable.

—¿Mm? Ah…

Sa-young apartó la mirada y se encogió de hombros.

—No pensabas reunirte con Jungbin a solas de forma tan repentina, ¿verdad? Y aunque hubieras pensado hacerlo, desde luego no iba a ser ahora.

Eso era cierto. Si Lee Sa-young no hubiera esquivado cada conversación como una anguila, Eui-jae nunca habría buscado hablar a solas con Jungbin. Lo habría hecho mucho más adelante. Sa-young continuó lentamente.

—Y aun así fuiste a verlo. Y no para cualquier cosa…

Sus ojos violetas se clavaron en Eui-jae. Después se curvaron ligeramente.

—Fuiste a preguntarle sobre mí. ¿Eso significa que tenías mucha curiosidad por mí?

—…

—Y esa curiosidad nació del interés.

Levantó apenas el mentón, con una expresión orgullosa. Parecía un gato presumiendo la presa que acababa de traer. Eui-jae le dio unas palmaditas, como si lo estuviera felicitando, y cruzó las manos detrás de la espalda.

—Bueno… Supongamos que sí. Y además…

Miró de reojo detrás de Sa-young. El chirrido del resorte ya casi había desaparecido. Al parecer, Min-gi había terminado de reparar el caballito de juguete. Estaba sentado con las piernas estiradas sobre el caballito con forma de cerdo, entretenido con su teléfono. Al notar la mirada de Eui-jae, levantó la cabeza. Sus ojos se encontraron.

—Oh.

Exclamó brevemente. Sacó unos auriculares de su inventario y se los puso. Luego inclinó la cabeza.

—Finjan que no existo y conversen con tranquilidad. A partir de este momento emprenderé un viaje al mundo del rock.

—Ah… Sí. Adelante.

—Entonces nos veremos más tarde. Si necesita darme alguna orden, comuníquese conmigo por teléfono.

—Sí, ve.

—Por cierto, cliente. El señor Iniciador Romántico está completamente inconsciente, así que no tiene de qué preocuparse. Hasta luego.

Como si quisiera demostrar la veracidad de sus palabras, Min-gi empezó a mover la cabeza al ritmo de una música que solo él escuchaba. Poco después, su cuerpo se fundió con la sombra y desapareció. Solo Iniciador Romántico quedó tirado sobre el sube y baja. Estaba tan flácido que daba la impresión de estar muerto. Solo el subir y bajar rítmico de su espalda demostraba que seguía respirando.

‘…Bueno, mientras esté inconsciente, no importa.’

Eui-jae apartó la vista como si no hubiera visto nada y volvió a mirar a Sa-young. Sa-young seguía observándolo sin apartar la mirada. Cuando sus ojos se encontraron, una leve sonrisa apareció en su hermoso rostro. Eui-jae suspiró profundamente.

‘Al final, no sirvo para andarme con rodeos.’

Y terminó lanzando la pregunta de frente.

—Ya que estamos, hablemos con sinceridad de una vez. Cada vez que te pregunto algo, cambias de tema o me esquivas. Así nunca avanzamos.

—…

—Esta vez no huyas.

Sa-young no respondió. Cada destello de la farola cambiaba las sombras sobre su rostro. De pronto, la luz anaranjada brilló con más intensidad. Las sombras también se hicieron más profundas. Su hermoso rostro quedó cubierto por un aire sombrío. Eui-jae continuó despacio.

—Jungbin me contó más o menos lo que pasó. Desde que despertaste hasta ahora. Pero hay cosas que solo tú sabes.

Para alguien que siempre había evitado el tema, Sa-young aceptó aquello con sorprendente facilidad.

—Bueno… Supongo que sí.

—Tenemos mucho de qué hablar. Muchas cosas que decir y muchas que escuchar.

—…

—Quiero que me cuentes todo lo que te pasó… desde que entré en la grieta.

Si Lee Sa-young realmente lo había esperado durante todo ese tiempo… Quería escuchar toda su historia. Quería conocer los ocho años que él no había podido compartir con él. Quería cargar, aunque fuera un poco, con el peso y el dolor que Sa-young había soportado solo. Tal vez así pudiera expiar, aunque fuera mínimamente, no haber estado a su lado. Pero Lee Sa-young…

—¿Por qué?

—¿Qué?

Su expresión reflejaba una auténtica confusión. Eui-jae abrió mucho los ojos. Aquella respuesta estaba completamente fuera de sus expectativas. Sa-young, con los brazos cruzados, lo observó fijamente. Sus ojos se entrecerraron. Después suspiró y comenzó a golpear suavemente su propio brazo con un dedo.

—Sabía que, siendo tú, reaccionarías así. Pero…

—…

—Ahora que realmente lo estás haciendo…

Bajó la mirada, como si estuviera pensando. Y murmuró:

—No me hace sentir bien.

¿Por qué? 

El pecho de Eui-jae se agitó. Había recibido insultos en la cara. Había escuchado rumores a sus espaldas. Pero, por alguna razón, aquellas palabras, que ni siquiera eran crueles, le hicieron sentir como si el corazón se le desplomara. Incapaz de contener esa emoción desconocida, apretó los puños. Las uñas cortas se clavaron en la palma de su mano.

Lee Sa-young habló lentamente.

—Si hubieras dicho que querías contarme tu historia… yo la habría escuchado encantado.

—…

—De hecho, me habría alegrado. Porque yo también quiero saber qué viviste dentro de la grieta.

—Entonces ¿por qué…?

Las palabras escaparon de los labios de Eui-jae sin que pudiera evitarlo.

Sa-young sonrió.

—Déjame hacerte una pregunta.

—…¿Cuál?

—¿Por qué tienes tanta curiosidad por mi pasado? No lo digo con sarcasmo. De verdad quiero saber la razón.

Extendió los brazos.

—La persona que estabas buscando está aquí mismo, frente a ti.

—Porque…

Mientras él estaba atrapado en la grieta del Mar del Oeste, Lee Sa-young había sido llevado, por alguna razón, a las instalaciones de investigación de Prometheus. Allí debieron de someterlo a toda clase de experimentos para convertirlo en un despertado artificial. Solo con los archivos que había visto en el laboratorio de Odaesan podía imaginar, aunque fuera vagamente, lo que le habían hecho. Era imperdonable. 

Eui-jae abrió la boca.

—Mientras yo estaba dentro de la grieta del Mar del Oeste…

—No.

Sa-young lo interrumpió con firmeza.

—Ese planteamiento está mal desde el principio.

—¿Qué demonios estás diciendo?

Eui-jae respondió con brusquedad. Sa-young se pasó la mano por el cabello. Entre el flequillo abierto se veía su frente pálida.

Suspiró.

—Sabía que acabaríamos aquí…

—Habla claro. Deja de dar rodeos.

—Mi pasado no es algo por lo que tengas que preocuparte.

Aquella afirmación era absurda. Eui-jae apretó los dientes. Y, escupiendo cada palabra, respondió:

—¿Y por qué no tendría que preocuparme? Mientras yo no estaba, tú…

—Eso ocurrió hace mucho tiempo…

Sa-young dio un largo paso hacia él. La mano negra se acercó a su rostro. Eui-jae no la apartó. Ni siquiera intentó esquivarla. Su cuerpo ya sabía, antes que su mente, que aquella mano jamás le haría daño. Con cuidado, Sa-young le quitó la máscara. Ya no había nada ocultando sus rostros. Sus miradas se encontraron. Los labios carnosos de Sa-young se movieron.

—No es algo de lo que tú tengas que responsabilizarte. Como ya te dije en aquella mazmorra.

La mazmorra invadida. La tierra temblando. Entonces…

¿Qué había dicho Lee Sa-young? Lo recordó enseguida.

‘Siempre actúas… como si tuvieras que cargar con todo y resolverlo todo tú solo.’

Pero esto era diferente. Eso fue lo único que Eui-jae alcanzó a decirse para sus adentros. Lee Sa-young era su único… La persona a la que él había salvado. La persona a la que había jurado proteger a cualquier precio. Alguien especial.

—¿Que no debo responsabilizarme de ti? Yo te…

Por fin comprendió qué era aquella emoción que llevaba rato oprimiéndole el pecho. Cha Eui-jae…

—A ti…

Estaba dolido. En ese momento, la mano enguantada acarició con delicadeza su mejilla.

—Me hace muy feliz que pienses en mí…

—…

—Y que quieras saber más sobre mí. Pero… No quiero que eso nazca de un sentimiento de responsabilidad.

Sus palabras fueron apenas un susurro.

—Una relación en la que solo una persona carga con la responsabilidad nunca puede ser una relación entre iguales.

—…

—Yo quiero una relación entre iguales, J.

 

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