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(Capítulo 126)
—Quiero una relación de iguales, J.
Eui-jae frunció el ceño.
—¿Una relación de iguales?
—Sí.
Sa-young asintió con ligereza. Con el pulgar le acarició suavemente la piel bajo el ojo, como diciéndole que dejara de fruncir el ceño, y luego apartó la mano. Eui-jae se mordió el interior de la mejilla. Hay palabras cuyo significado conoces, pero que no logras sentir de verdad. «Una relación de iguales». Para Cha Eui-jae, esa era una de ellas.
Era natural que él asumiera la responsabilidad por Lee Sa-young. Él lo había rescatado. Él lo había salvado. Y luego no había podido volver a salvarlo.
‘Pero ¿por qué Sa-young…?’
Sus pensamientos se interrumpían una y otra vez. Tras observar su expresión, Sa-young habló con una dulzura casi reconfortante.
—Por mucho que te lo explique ahora… no vas a entenderlo de verdad.
Era la primera vez que le oía usar ese tono, pero le resultaba extrañamente familiar. Incluso con la mente aturdida, Eui-jae encontró enseguida la respuesta. Porque era el mismo tono que él usaba con aquel niño.
—Has vivido media vida creyendo que eso era lo normal. No puedes evitar pensar así.
—…
—Así que piénsalo tú mismo. Qué significa para mí una relación de iguales. Y por qué la quiero.
—…
—Cuando encuentres tu propia respuesta…
Sa-young recalcó las últimas palabras.
—…te lo contaré yo mismo.
Al terminar, le tendió el meñique. Eui-jae contempló inmóvil aquel dedo cubierto por el guante negro. El niño, Lee Sa-young, que hacía un esfuerzo por entrelazar los dedos aun cuando apenas podía moverlos.
Tras dudar un instante, Eui-jae enlazó su meñique con el suyo. El tacto tibio del cuero le resultaba familiar. En cuanto selló la promesa, Sa-young añadió con voz algo irritada:
—Hasta que encuentres la respuesta, ni se te ocurra preguntarle a alguien como Jungbin. Como tú mismo dijiste, quien mejor puede hablarte de mí… soy yo.
—…
—Contesta.
—…De acuerdo.
Eui-jae asintió lentamente. Los ojos violetas, que lo observaban con suspicacia, se curvaron apenas.
—Ah, ¿o será que…?
—…¿Qué?
—¿No sabes lo que es una relación de iguales? Bueno, puede pasar. Lo entiendo.
—Oye, pero este cabrón…
Las palabras ásperas escaparon de sus labios antes de que pudiera detenerlas. En el instante en que escuchó aquella insolencia, la tristeza que lo oprimía desapareció, sustituida por un arrebato instintivo de irritación. No era un reflejo inconsciente. Era un reflejo condicionado, adquirido desde que había vuelto del Abismo y empezó a enredarse con Lee Sa-young.
Qué aterradoras pueden ser las costumbres. Por mucho que intentara tratarlo con amabilidad, su cuerpo actuaba siguiendo la base de datos acumulada durante todo ese tiempo. Y en su cabeza seguían inclinando la cabeza, uno junto al otro, el niño vendado y Lee Sa-young sonriendo con descaro.
Sa-young levantó una comisura de los labios.
—Ajá… ¿«Este cabrón»?
—…
—Qué raro… ¿No era yo el único para ti?
—…
No había excusa posible. ¿Por qué era tan difícil tratarlo bien? La cabeza de Eui-jae fue inclinándose poco a poco hacia el suelo. Por no saber qué hacer, abrió mucho los ojos como si fuera a buscar una hormiga caminando entre el piso, pero fue inútil. Solo unas cuantas hierbas que crecían entre las juntas del suelo acolchado se mecían tristemente.
Mientras contemplaba la coronilla redonda de Eui-jae, Sa-young preguntó entre risas:
—Ah… ¿Es un apodo nuevo?
—…Sa-young.
—¿Sí?
—Cállate un rato.
Pff.
Intentando contener la risa, Sa-young se cubrió la boca. Al final echó el cuerpo hacia atrás y rompió a reír.
—¡Jajaja!
Al oírlo, El Pequeño Milagro, Min-gi, que había desaparecido dentro de las sombras, volvió a asomar la cabeza. Tras las gafas de sol, sus ojos estaban completamente abiertos. Al parecer, ver a Lee Sa-young reír a carcajadas era algo bastante raro.
Pero a Eui-jae no le importaba.
‘Mire para otro lado.’
Con un leve gesto de cabeza, Eui-jae se lo indicó. Min-gi obedeció al instante y giró la cabeza. Mientras tanto, Sa-young seguía riéndose.
Apretando los dientes, Eui-jae murmuró:
—Oye, deja de reírte.
—Jaja… Ah, ¿así que de verdad lo estás intentando?
Con toda la calma posible, pero completamente serio, Eui-jae respondió:
—Me estoy esforzando un chingo, así que deja de estorbar. Quiero intentar ser más amable contigo.
—Ah…
Respirando hondo para contener la risa, Sa-young dejó escapar unas últimas carcajadas. Con una sonrisa aún en la voz, preguntó:
—¿Estás confundido, verdad?
—…
Eui-jae no respondió. Sa-young sonrió con esa expresión insolente de quien ya conocía la respuesta. El tiempo que había compartido con el niño al que salvó era tan valioso que jamás podría olvidarlo. Solo ese recuerdo le había permitido resistir durante tantos años. Pero…
—Hyung.
La vida de Cha Eui-jae había quedado partida en dos por la enorme barrera que fue la Grieta del Mar del Oeste.
Antes de esa barrera estaban su tía y el niño. Después, su abuela, Ha-eun… y Lee Sa-young. Eui-jae abrió la palma de la mano. Las cicatrices, finas como grietas, seguían brillando tenuemente con un resplandor dorado. Todavía recordaba con absoluta claridad el instante en que se cortó la mano con la daga.
Desde que escapó de la grieta y volvió a encontrarse con Lee Sa-young, había pasado con él un tiempo que no podía llamarse corto. Era tanto, que no podía explicar esos años sin él. Sabía perfectamente que el niño y Lee Sa-young eran la misma persona. Pero…
Sa-young curvó sus labios carnosos en una sonrisa.
Con voz perezosa, susurró:
—Sabes que somos la misma persona. Estás agradecido de que siga vivo, te sientes culpable y, ahora que lo descubriste, ya no puedes tratarme igual que antes… Así que quieres portarte bien conmigo, pero no te sale.
Cada una de sus palabras se clavó como una daga.
—Bueno… antes yo también me portaba bastante lindo.
Aquellos ojos violetas, sin brillo alguno, lo contemplaban fijamente. Con un tono juguetón, aunque afilado, añadió:
—Todavía no estás preparado, ¿verdad, hyung?
—…
—Ni siquiera has decidido cómo quieres tratarme… ¿qué piensas hacer entonces?
Eui-jae soltó un breve suspiro. Sa-young tenía razón. Desde el instante en que descubrió que él era aquel niño, nunca se había detenido a examinar sus propios sentimientos. Solo había corrido de un lado a otro intentando descubrir el sufrimiento que Sa-young había soportado y conocer su pasado, ignorando deliberadamente aquella extraña sensación de desajuste.
Con la máscara en una mano y los brazos cruzados, Sa-young dijo:
—Si todo esto lo haces por culpa… entonces detente.
—…
—Será más inteligente que aproveches ese tiempo para pensar en la tarea que te dejé.
Eui-jae escuchó sus palabras en silencio. Entonces, de un tirón, le arrebató la máscara y volvió a colocársela. Tras ella desapareció la expresión apenas torcida de su rostro. Con la voz distorsionada, refunfuñó:
—Le faltas al respeto a tu hyung.
Sa-young inclinó la cabeza.
—Entonces… ¿te desagrado?
—…
Eui-jae no respondió. En cambio, alargó la mano de improviso y le revolvió el cabello con fuerza.
—Ah…
Sa-young soltó un gruñido irritado y abrió mucho los ojos.
—¿Qué haces?
—No.
—…
—¿Cómo podría desagradarme alguien como tú?
Sa-young abrió apenas la boca. Sus ojos violetas se agrandaron. Rascándose la cabeza con incomodidad, Eui-jae se dio la vuelta de golpe.
—Ay, carajo… Me voy.
—¡Espera, hyung!
En el instante en que Sa-young extendió la mano, sopló el viento. Y entre él viajó una voz grave.
—Voy… a pensar en lo que me dijiste.
El viento cesó. Para entonces, Eui-jae ya había desaparecido sin dejar rastro. Sa-young cerró el puño mientras contemplaba, inmóvil, el parque vacío. Entonces oyó un leve crujido a su espalda.
—Líder del gremio.
El Pequeño Milagro, Min-gi, se acercaba con los audífonos colgados del cuello. Sa-young miró por encima del hombro. Iniciador Romántico seguía tendido sobre el sube y baja, colgando como un calamar semiseco. Cuando Min-gi se detuvo dos pasos detrás de él, Sa-young murmuró con fastidio:
—No pensé que Jungbin tuviera la lengua tan suelta…
—Parece que el vínculo entre ellos dos era más profundo de lo que imaginábamos.
—…
—Supongo que se debe al tiempo que pasaron juntos durante la Edad Oscura. Fue algo que no tuvimos en cuenta. A partir de ahora seré más cuidadoso.
—Olvídalo.
Min-gi observó con cautela el estado de ánimo de Sa-young a través de sus gafas oscuras y se quedó de pie con las manos a la espalda.
Sa-young habló con frialdad:
—La próxima vez infórmame antes.
—Sí. Lo siento.
Min-gi inclinó profundamente la cabeza. Sa-young, con los brazos cruzados, golpeó el suelo dos veces con la punta del pie. Tras observarlo un momento, Min-gi preguntó con cautela:
—¿De verdad está bien dejarlo ir así? Por la experiencia que tenemos, no parece alguien que vaya a detenerse solo porque se lo pidan. ¿Y si vuelve a meterse en otro laboratorio…?
—No.
Sa-young se detuvo en seco. La farola que llevaba rato parpadeando terminó por apagarse sin fuerza. Oculta entre la oscuridad, una comisura de sus labios se alzó ligeramente.
—No podrá moverse… durante un tiempo.
—¿Eh? ¿Por qué…?
—Porque me lo prometió.
Sa-young echó a andar despacio. Min-gi movió un dedo. La sombra bajo el sube y baja se reunió formando la silueta de una pequeña persona. Después levantó a Iniciador Romántico y empezó a arrastrarlo.
—Va a estar demasiado ocupado pensando en mí.
—¿Acaso ese problema tiene una respuesta?
—Quién sabe…
Sa-young sacó apenas la lengua negra y le dio un pequeño mordisco con los dientes. Era un gesto completamente travieso.
—Creo que tengo derecho a ser un poco caprichoso.
—Sí, bueno. Aunque dudo que nuestro cliente piense lo mismo.
Min-gi dejó escapar un corto suspiro. Cuando estaban llegando a la salida del parque, Sa-young habló de pronto.
—Sí me arrepiento.
—…
—Si hubiera sabido que era J… ni siquiera habría permitido que se acercara.
Su voz, mezclada con un suspiro, se perdió entre el viento. Poco después, las figuras de los tres se fundieron con las sombras y desaparecieron.

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