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El cazador quiere vivir tranquilamente Novela Capítulo 134

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(Capítulo 134)

 

Era una historia difícil de creer. Mientras seguía jugueteando con el pomo de la puerta, Eui-jae preguntó con seriedad:

—¿Eso es posible? ¿Que un humano cree una mazmorra?

—Quién sabe…

Sa-young se encogió de hombros.

—Al fin y al cabo, no deja de ser una posibilidad. No hay nada seguro. Y, además, es bastante improbable.

—…Supongo.

—Pero… alguien con un ego tan descomunal…

Miró de reojo el pomo antes de continuar.

—De todos los que conozco… solo Hong Ye-seong.

Cha Eui-jae también había usado una lanza creada por Hong Ye-seong, así que conocía bien su habilidad. Era extraordinario. Pero por muy brillante que fuera un artesano, ¿crear una mazmorra no era competencia exclusiva del Sistema?

La imagen de Hong Ye-seong recibiendo una bofetada de Kkoko cruzó por su mente. Luego apareció levantando orgullosamente el pulgar. Y también aquella vez en que temblaba como una alpaca recién nacida mientras cargaba a Jungbin.

…¿Él?

Eui-jae recorrió la casa con la mirada.

¿Hizo esto?

…Imposible. Era mucho más creíble pensar que solo había fabricado el pomo. Sacudió la cabeza varias veces para apartar la idea. Entonces Sa-young murmuró:

—Si, por una entre diez mil, de verdad lo hizo Hong Ye-seong…

—…

—Entonces, al contrario, no hay de qué preocuparse.

—¿Eh? ¿Por qué?

¿No era justamente al revés?

Eui-jae lo miró confundido. Con la vista baja, Sa-young acarició distraídamente su labio inferior.

—Está… un poco mal de la cabeza, pero no es una mala persona.

¿Lo decía en serio? La incredulidad se reflejó claramente en el rostro de Eui-jae. Sa-young soltó una pequeña risa.

—Sobre Hong Ye-seong… yo lo conozco mejor que usted.

—…Eso sí es verdad.

—Créame por esta vez. No tiene malas intenciones.

Y además…

—…

—Habrá muchas más cosas buenas de las que imagina.

Sa-young le tendió una mano a Eui-jae, que seguía agachado frente a la puerta.

—Levántese.

—Sí.

Sin dudarlo, Eui-jae tomó la mano que le ofrecía. Sa-young tiró de él con firmeza y lo levantó de un tirón. Después de sacudirse el polvo del pantalón, Eui-jae vio a Lee Sa-young entrecerrar los ojos con las manos en la cintura. Lo supo al instante.

Empieza el sermón.

—Aparté la vista un momento y ya estaba haciendo de las suyas… ¿Por qué abrió la puerta?

—Bueno… había que encontrar la forma de completar la mazmorra. No podemos quedarnos atrapados aquí para siempre.

—Podía hacerlo conmigo.

—No. Tú aún eres un civil que ni siquiera ha despertado. Si pasa algo, yo puedo reaccionar de inmediato.

—Ah… otra vez esa excusa.

—…

—Siempre hace lo mismo.

Sa-young torció una sonrisa. Era evidente que seguía de mal humor. Pero Eui-jae tampoco podía ceder. Si el otro todavía era un civil sin despertar, no podía permitir que se enfrentara al peligro de una mazmorra. Y menos si se trataba de Lee Sa-young.

—Está bien, dejemos eso. Pero si tanto quería protegerme, ¿por qué se quedó mirando al vacío como si estuviera a punto de caerse?

—Porque me tomó por sorpresa.

—Como se sorprenda dos veces más, la próxima sí se cae.

—No volverá a pasar.

—¿Y cómo quiere que me lo crea?

Eui-jae levantó lentamente la cabeza. Una tenue oscuridad cubría el delicado rostro de Sa-young. Sus labios temblaron apenas.

—¿Cómo quiere que crea… en usted?

Había muchas cosas que Eui-jae quería decir. Y muchas más que había estado a punto de decir. Pero en cuanto vio aquella expresión, fue como si alguien hubiera derramado pintura blanca sobre todos sus pensamientos. No pudo hacer otra cosa que quedarse mirándolo.

Sa-young, que seguía observándolo con enfado, soltó con irritación:

—Ahora entiendo por qué este cuerpo despertó.

—…

—Debió de cansarse de sentirse tan frustrado.

—…

—De no poder hacer absolutamente nada.

Tras lanzar aquellas palabras como cuchillas, se dio media vuelta y desapareció por el pasillo. Eui-jae permaneció solo. Miró la palma vacía de su mano. En este cuerpo no había ni las pequeñas cicatrices que antes recorrían su palma como finas grietas… Ni las cadenas doradas que solían ondular sobre ella.

Los pasos cesaron. También el sonido del agua. El silencio se adueñó de la casa. Eui-jae permaneció inmóvil en la entrada, mirando el largo pasillo vacío.

¿Por qué di por hecho que Lee Sa-young estaría bien?

Entre el silencio se escuchó una respiración tenue. Como hipnotizado, comenzó a caminar. Sus pasos resonaron sobre el suelo de madera mientras atravesaba el largo pasillo. Una fotografía del mar pasó fugazmente por su campo de visión. Al final del corredor, Lee Sa-young permanecía de pie frente al fregadero, apoyado sobre él con la cabeza gacha.

Eui-jae se acercó sin vacilar. Y lo abrazó por la espalda. El cuerpo entre sus brazos se estremeció con fuerza. Su respiración se volvió algo más agitada. Apoyó la oreja contra su espalda. Su corazón latía con rapidez.

Eui-jae murmuró en voz baja.

—Perdón.

—…

—No pensé las cosas.

Cha Eui-jae era un desastre. Lo había sido desde que entró en aquella grieta. Y ya se había acostumbrado tanto a ello que le parecía normal. Aunque para otra persona no lo fuera. Aunque hubiera alguien preocupado por él. Apretó con más fuerza los brazos alrededor de su cintura.

Aunque decir «estoy bien» nunca bastara para que todo estuviera realmente bien.

—Te preocupaste por mí.

—…

—Lo siento.

Algo que ni siquiera sabía que llevaba dentro comenzó a deshacerse lentamente.

Otra mano se posó sobre las suyas. Con un suave gesto lo apartó. Cuando Eui-jae aflojó la fuerza, Sa-young se dio la vuelta. No pudo verle el rostro. Porque enseguida volvió a abrazarlo. Una mano grande rodeó su nuca. La otra, su cintura. Los largos dedos se hundieron entre su cabello.

¿Tú también puedes oír mi corazón ahora?

Eui-jae parpadeó lentamente.

Luego rodeó su cuello con los brazos y apoyó la cabeza sobre aquel hombro firme.

Ojalá no puedas.

El corazón de ambos latía de forma completamente desordenada.

***

Supongamos que este espacio realmente lo creó Hong Ye-seong.

Mmm…

Aunque costaba creerlo, parecía que ni siquiera el todopoderoso Hong Ye-seong había podido hacer nada con la programación de la televisión.

…¿O sí la tocó y por eso quedó así?

Ignorando el cabello que le hacía cosquillas en la nuca, Eui-jae siguió presionando una y otra vez los botones del control remoto. Todos los canales transmitían documentales. Pulpos extraordinariamente inteligentes. La vida cotidiana de los pingüinos. Pandas durmiendo sobre los árboles. Familias de elefantes… Incluso el canal especializado en programas de variedades emitía un tigre bostezando.

Y yo que quería ver una película…

Terminó dejando el control en un canal donde unos pingüinos se deslizaban sobre el hielo usando la barriga. Junto a su oído sonaba una respiración tranquila. Eui-jae acercó un poco más el hombro hacia sí.

—Mmm…

Con los ojos cerrados, Sa-young murmuró algo ininteligible.

¿Abrazarlo para disculparse? Le había gustado.

¿Seguir abrazándolo? También.

Aunque parecía que cada vez encontraba un nuevo motivo para pedirle perdón. En fin. Lee Sa-young no lo soltó durante un buen rato. De hecho, cada vez que Eui-jae intentaba mover un poco los brazos para apartarse, él gruñía en voz baja. Pero tampoco podían quedarse abrazados eternamente.

Por la ventana había alcanzado a ver cómo el atardecer iba cayendo poco a poco. Al parecer, el tiempo transcurría de forma distinta dentro de aquel espacio.

Quién sabe. Tal vez pasar un día entero aquí sea la condición para completar la mazmorra.

Por una vez, se permitió pensar con optimismo. Así que, mientras daba suaves palmadas en la espalda de Sa-young, pegado a él como un koala, le propuso que, ya que había terminado de lavar los platos, fueran al sofá a ver una película.

Solo entonces Sa-young aflojó los brazos. Y al final habían acabado así. Nada de películas. Solo documentales de animales. Y Lee Sa-young dormitando a su lado. Aunque no lo demostrara, debía de estar agotado o muy estresado. Apenas se sentó junto a Eui-jae empezó a cabecear. Como le daba pena verlo balancear la cabeza de un lado a otro, terminó dejando que se apoyara sobre él.

Será mejor llevarlo a la cama.

Mientras luchaba contra la programación de la televisión, el atardecer desapareció por completo y la noche cayó sobre la casa. Tras contemplar unos instantes la oscuridad tras la ventana, apagó el televisor y sacudió suavemente a Sa-young.

—Despierta. Vamos adentro a dormir.

—…¿Mm? Mmm.

Sa-young levantó lentamente la cabeza. Eui-jae se puso de pie y le tendió la mano.

—Vamos. Levántate.

—…

Obedientemente, Sa-young tomó su mano. Cuando entraron en la habitación principal, Eui-jae volvió a encontrarse frente a aquella enorme cama tamaño king que había conseguido olvidar por un rato. Sintió un ligero dolor de cabeza. Pero lo primero era Sa-young. Retiró el edredón. Sa-young se acostó dócilmente. Después de cubrirlo hasta el cuello, él abrió lentamente los ojos.

—…¿Y tú?

—¿Yo?

—¿No vas a dormir?

—…

Al verlo dudar sin responder, los ojos adormilados de Sa-young se afilaron.

—Y no se le ocurra decir otra tontería de que va a dormir en el sofá… acuéstese aquí.

Mierda.

—Hay dos almohadas…

¿Por qué incluso medio dormido tenía que darse cuenta de todo?

Con los labios apretados, Eui-jae terminó acostándose a su lado. Sa-young no tardó ni un segundo en cubrirlos con el edredón. Eui-jae encendió la lámpara de su lado y permaneció mirando el techo. La tenue luz anaranjada. La respiración que escuchaba justo a su lado. El colchón mullido. El suave edredón.

—…

¿De verdad estaba bien que todo fuera tan perfecto?

Aquel lugar era como una caja donde solo se habían guardado los recuerdos más preciados. Tan dulce. Tan perfecto. Que daban ganas de no despertar jamás.

Ah…

Eui-jae abrió ligeramente la boca.

¿Por eso el Sistema dijo que lo que más necesitaba era Lee Sa-young?

Giró lentamente el cuerpo hasta quedar de lado, mirándolo. Como si hubiera sentido el movimiento, Sa-young también volvió la cabeza. Aquellos ojos violáceos, aún cargados de sueño, se clavaron en él. Apoyándose sobre un codo, Eui-jae sostuvo la cabeza con la mano y lo contempló.

—…¿Hyung?

La voz, todavía ronca por el sueño, lo llamó. En vez de responder, Eui-jae alargó la mano. Buscó la mano escondida bajo el edredón. La venda alrededor de la primera falange era inconfundible. Los dedos, antes rígidos, terminaron entrelazándose sin dejar un solo espacio entre ellos. Su pulgar acarició lentamente el dorso de aquella mano. Lo comprendió por instinto.

El dueño de aquellos recuerdos era Cha Eui-jae.

Al fin y al cabo… Aquella mazmorra era una colección de todos los puntos débiles de Cha Eui-jae. Así que la forma de completarla también seguiría su manera de pensar.

Llevaba mucho tiempo queriendo decirte esto.

Quizá aquello habría sido una rutina completamente normal. Aunque no para los dos que habían terminado allí. Por eso habían tenido que soportar la incertidumbre. Y recorrer un camino mucho más largo.

Pero está bien.

Cha Eui-jae sonrió. Levantó una mano y cubrió suavemente los ojos de Sa-young. Justo antes de que quedaran ocultos, vio cómo se abrían de par en par. Eui-jae incorporó un poco el cuerpo. Apoyó los labios sobre el dorso de la mano con la que cubría sus ojos. Y susurró. Haciendo algo que debería haber sido lo más normal del mundo… Pero que nunca había podido serlo.

—Buenas noches.

En ese mismo instante apareció una ventana completamente blanca.

[¡Mazmorra completada!]

El grueso y suave edredón. El mullido colchón. La cálida luz del dormitorio. Todo empezó a deshacerse en cenizas blancas que flotaban en el aire. Sin embargo… El calor de sus manos entrelazadas. Y el contacto de su piel. Eso seguía siendo innegablemente real. Solo eso era real.

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Chapter 134